En Constantine, la película, al final el actor principal se corta las venas. En otra película, Ganster Americano, un personaje secundario que interpreta a un policía corrupto que al ser descubierto, se vuela los sesos con una pequeña pistola mientras mira su alberca y su esposa aspira la sala de la casa.
¡Qué va! Ernest Hemingway se voló la tapa del cerebro.
No voy a mentir, el suicido además de requerir el equipo adecuado; navajas, pistolas, y un largo etcétera, requiere muchos…, como dirán los españoles, muchos cojones.
Sin embargo creo yo que la mejor forma de suicidio debe ser duradera. Para experimentar el mayor dolor posible.
Constantine lo consiguió, más o menos. Pues cortarte las venas y esperar que te desangres, para eventualmente, sufrir un paro cardiaco, aunque es lento, no es lo más rápido.
En mi ruta del metro de la ciudad de México, recientemente han puesto un anuncio de muerte digna. La cual consigna el suicidio asistido, la eutanasia, y esas cosas. Pero al principio de la propaganda hay un espejo con unas letras pegadas. Sí, vamos a morir, dicen las letras negras reflejándote tu propia imagen.
Pero yo lo cambio, y digo: Sí, vamos a vivir.
Y esa, queridos amigos, es la mejor forma de suicidio.
Aunque sea en este mundo de congoja.